ESPAÑA (ANB / Tomado de BBC).- La pequeña bomba mecánica estaba destinada a aliviar la
carga de sus músculos cardíacos que estaban fallando, pero a Carlos (no es su nombre
real) no le gustaba la sensación.
El
ritmo de la máquina parecía reemplazar a su pulso, una sensación que deformaba
su imagen corporal: cuando el dispositivo palpitaba por encima de su ombligo,
Carlos tenía la extraña sensación de que su pecho caía en el abdomen.
Era
una sensación extraña, inquietante. Pero cuando el neurocientífico Agustín
Ibáñez conoció a Carlos, sospechó que iba a sentir efectos incluso más
extraños.
Ibáñez
pensó que al cambiar su corazón, los médicos habían cambiado también la mente
de su paciente: Carlos pensaba, sentía y actuaba de manera diferente como
resultado del implante.
¿Cómo
ocurrió? A menudo hablamos de "seguir lo que nos dice el corazón",
pero es sólo recientemente que los científicos han comenzado a mostrar que hay
una verdad literal en este dicho.
El
bulto palpitante de músculo contribuye a nuestras emociones y a los misteriosos
sentimientos de "intuición" de una manera muy real.
Todo,
desde su empatía por el dolor de otra persona a la corazonada de que su esposo
está teniendo una aventura, puede originarse a partir de señales sutiles en su
corazón y el resto de su cuerpo.
Y el
hombre que siente dos corazones dio a Ibáñez, que tiene su sede en la
Universidad Favaloro en Buenos Aires, una oportunidad única para poner a prueba
esas ideas.
"Relleno
craneal"
El
trabajo de Ibáñez concuerda con milenios de especulaciones sobre el papel del
corazón en la cognición que a veces se pensó que sustituiría al cerebro.
Aristóteles
supuso que la función principal del cerebro era enfriar las pasiones que hacían
erupción desde el corazón, que consideraba el asiento del alma.
Ahora
tenemos una visión más cerebral del pensamiento, incluso si la opinión de que
el corazón es la fuente de nuestras emociones se haya quedado atrás. Basta con
considerar las muchas metáforas que utilizamos hoy en día para describir
sentimientos.
William
James, el fundador de la psicología moderna, ayudó a formalizar estas ideas en
el siglo XIX al sugerir que las emociones son realmente un ciclo de
retroalimentación de ida y vuelta entre el cuerpo y el cerebro.
Según
su teoría, el cerebro podría ser capaz de registrar una amenaza
intelectualmente, pero es nuestra conciencia de los latidos del corazón
acelerados y las palmas sudorosas lo que transforma un concepto abstracto en
una emoción visceral.
Las
ideas de James también plantearon una pregunta importante: ¿si todo el mundo
tuviese conciencia corporal diferente, daría forma a las emociones que
experimentan?
"Hacer
caso al corazón" podría resultar más literal de lo que pensamos.
La
idea era difícil de probar, sin embargo, cien años después los científicos
están tratando de averiguarlo.
Los
estudios pedían primero a los sujetos que contaran sus latidos basados
únicamente en los sentimientos dentro de su pecho; no se les permitió poner la
mano sobre su corazón o tomarse el pulso.
Alrededor
de una de cada cuatro personas perdió el conteo en un 50%, lo que sugiere que
tenían poca o ninguna percepción de los movimientos dentro de ellos; sólo una
cuarta obtuvo el 80% de precisión. Después de probar su conciencia cardíaca,
los investigadores dieron a los voluntarios varias pruebas cognitivas.
Las
personas con más conciencia corporal tienden a tener reacciones más intensas a
imágenes emotivas. También son mejores a la hora describir sus sentimientos.
En
otras palabras, las personas que están en sintonía con sus cuerpos tienen una
vida más emocional y rica, incluyendo los altibajos de la vida.
"Puede
que no seamos capaces de describir la firma fisiológica particular de una
experiencia placentera, pero probablemente reconocemos las sensaciones cuando
se producen", dice Daniella Furman en la Universidad de California,
Berkeley.
Barómetro
emocional
Estas
señales corporales secretas también pueden estar detrás de nuestra intuición -
las corazonadas indefinibles que tiene la mano ganadora en el póquer, por
ejemplo, según un estudio de Barney Dunn de la Universidad de Exeter.
La
tarea era simple: se pidió a los voluntarios que eligieran cartas de montones,
y ganarían dinero si coincidía con el color de otra carta que se encontraba
bocarriba.
El
juego estaba amañado para que la persona tuviera ligeramente más probabilidades
de ganar de dos de los montones.
Dunn
encontró que las personas que podían rastrear su latido del corazón con más
exactitud tendían a escoger de ciertos montones, mientras que aquellos con mala
percepción eran más propensos a elegir al azar.
Así
que el folclore puede estar en lo cierto: las personas que están en contacto
con su corazón tienden más a dejarse llevar por sus instintos, para bien o para
mal.
Esto
llevó a Ibáñez a preguntarse qué pasaría si una persona tiene un corazón
artificial.
Si
Carlos experimentó cambios sustanciales, ofrecería nuevas evidencias que
indicarían que nuestra mente se extiende mucho más allá del cerebro.
Y eso
es exactamente lo que encontró. Cuando Carlos se tomó el pulso, por ejemplo,
siguió los ritmos de la máquina en lugar de los de su propio corazón.
Pero
lo más importante, es que también parecía tener fuertemente alteradas ciertas
habilidades sociales y emocionales.
Carlos
parecía carecer de empatía cuando vio imágenes de personas sufriendo un
accidente, por ejemplo.
También
tuvo problemas más generales con su habilidad para entender los motivos de
otros, y, sobre todo, la toma de decisiones de forma intuitiva, todo lo cual
está en línea con la idea de que el cuerpo gobierna la cognición emocional.
"Es un estudio muy interesante, muy interesante", dice Dunn.
Lamentablemente,
Carlos murió de complicaciones durante los tratamientos posteriores, pero
Ibáñez ahora espera continuar sus estudios con otros pacientes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
ANBOLIVIA te invita a ser el quinto poder, opina...con respeto
DEJA TU OPINIÓN EN:
TW: @ANBOLIVIA
TW: @ANBdigital
F: https://www.facebook.com/anboliviadigital