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APREHENDEN A LUIS ARCE

EN LA PAZ LA PAZ, BOLIVIA (ANB / Erbol).- El expresidente Luis Arce ha sido aprehendido este miércoles en la ciudad de La Paz.

domingo, 26 de abril de 2026

MUJER DE KEWIÑA: LA HISTORIA DE UNA LIDERESA RURAL QUE SIEMBRA BOSQUE Y DIGNIDAD

REPORTAJE


COCHABAMBA, BOLIVIA (ANB / Nicole Denise Laura Vallejos).-
Era una tarde de julio de 2008 y Judith Gonzales López, de 19 años, limpiaba con esmero el escritorio de sus “jefes”. La habitación estaba repleta de libros que levantaba uno a uno para quitarles el polvo. De pronto, un pequeño texto sobre el cultivo de papa atrajo su curiosidad. Al abrirlo observó unos dibujos sobre las enfermedades del tubérculo y, por unos minutos, abandonó su presente.

El tiempo no fue lo único que olvidó: también que era miércoles, el día en que los “jefes” estaban en casa. De repente, alguien entró y una voz la sacó de golpe de aquel breve momento.

 

“Estás en horario de trabajo, no puedes estar leyendo. No te pago por eso”.

 

Judith escuchó en silencio y no dijo nada. Cerró el libro, lo puso en su lugar y continuó limpiando.

 

“Aquel día sentí que no era libre ni siquiera de pensar”, diría años después. Esa idea quedó rebotando en su mente durante varios días, mientras se refugiaba en un pensamiento menos doloroso: “en algún momento tendrá que haber una oportunidad para mí, para salir adelante”.

 

Pasaría un tiempo largo antes de que Judith encontrara esa oportunidad.

 

Germinar entre adversidades

 

En la cordillera de Los Andes,  la segunda cadena montañosa más alta después del Himalaya, el árbol milenario de la kewiña, de copa espesa y tronco camaleónico, crece a contracorriente de climas extremos o terrenos difíciles. Su marca es la resistencia. 

 

Judith, de 37 años, nació en Lajra Cueva, una comunidad del municipio de Tiquipaya, al norte de Cochabamba. Sin embargo, fue entre Thola Phujru y Totora, en la ladera sur del Parque Nacional Tunari, donde pasó la mayor parte de su vida junto a sus padres y sus cuatro hermanos, rodeada de ríos, montañas y kewiñas.

 

Allí, una pequeña choza los resguardaba del frío o el calor extremo. Cocinaban con bosta de vaca, y, como muchas familias del lugar, subsistían de lo que la tierra podía ofrecerles. Ellos se dedicaban al cultivo de papa. Y las niñas y los niños, que sólo podían acceder a la educación hasta quinto grado, aprendían desde muy pequeños todo lo relacionado con las labores del campo.

De aquellos días, lo que Judith más recuerda son las tardes en las que aferrada a su pequeña picota acompañaba a su mamá a labrar la tierra en los sembradíos de papa. También rememora las veces en las que su padre le enseñaba sobre los beneficios de la kewiña mientras las plantaban juntos en las orillas de los ríos y en las partes altas de las montañas. O sobre su profundo deseo de estudiar, terminar la escuela, ir a la universidad y convertirse en dentista.

Sin embargo, en su pueblo no era muy común que las niñas fueran a la escuela. La mayoría de las familias solían destinarlas al cuidado del hogar, la crianza de los hermanos menores y el cultivo.

 

Judith tenía doce años cuando, por primera vez, se enfrentó a ese destino que parecía reservado para las mujeres de su comunidad. Por aquel entonces, el camión familiar, con el que comercializaban la producción de papa, había sufrido dos graves accidentes de tránsito y las ganancias del negocio se habían ido en gastos hospitalarios y reparaciones de la movilidad que quedó hecha jirones. El dinero ya no alcanzaba para sostener los estudios.

 

Judith no tuvo más remedio que acatar la decisión de sus padres y reemplazó las horas escolares por el cuidado de sus hermanos menores y las tareas de la casa. Sin embargo, por momentos, algo en ella se resistía a aceptar ese porvenir desigual.

 

“Me  acuerdo que mientras yo cocinaba en q´onchita con leña, mis hermanos se ponían a jugar, y yo me salía junto con ellos, no me importaba si estaba cociendo o no la comida”.

Los días pasaban y en lo único en que Judith pensaba era en volver a la escuela. Dos años después, pudo hacerlo y pese a la oposición de su mamá terminó el quinto grado a los 15.

 

“Mi mamá no quería porque yo era la única mujer, entre ocho varones de mi curso, que había entrado a estudiar el quinto básico. A mí no me importaba si era la única o no. La cosa era estudiar. Entonces me he lanzado al éxito y lo he terminado”.

 

Pero aquella alegría fue breve. Al poco tiempo, su madre enfermó a raíz de complicaciones posteriores al parto de su último embarazo, y otra vez tuvo que poner en pausa sus sueños. “Todos empezamos a trabajar porque ya no teníamos qué comer, casi no teníamos nada. Lo único que nunca voy a olvidar es que no nos faltaba trigo seco, haba, arveja, maíz,  papa y chuño, porque mi papá siempre sembraba y guardaba”.

En medio de esas responsabilidades, su padre le asignó otro rol: asistir a las asambleas de su pueblo en reemplazo de él. Para Judith, aquello no era menor. En esos espacios, donde las decisiones se tomaban en voz alta y casi siempre por hombres, ella apenas se atrevía a hablar.

 

“Al principio tenía miedo. Sentía que no sabía nada. Iba a las reuniones y me sentaba en un rincón; solo decía ‘presente’ y nada más. A veces, incluso, los comunarios se molestaban. Mi mamá estaba enferma y, por esa razón, me hacían valer a mí. A muchas mujeres no les hacían valer, a menos que estuvieran solas. Si sus esposos les delegaban, igual no las tomaban en cuenta”.

 

Pero Judith, que desde pequeña había aprendido a resistir, supo que aquello no encajaba, que debía hacer algo para cambiar esa realidad. “Yo pensaba: esto no puede seguir así. Las mujeres tenemos que educarnos un poquito más para ser valoradas”.

 

Echar raíces en la ciudad

 

Hubo una época en la que la arrancaron de las montañas y los roquedales. Produjeron carbón con su tronco. Entonces la tierra perdió a su aliada, la única capaz de retener agua incluso en los bosques más secos. 

 

Durante esa época la escasez asfixiaba su hogar, y Judith pensó que la única vía posible para salir de ella era irse a la ciudad. Así que alcanzó la mayoría de edad y se fue a la capital del cemento en busca de mejores días para ella y su familia.

 

“Como había dejado de estudiar, estaba frustrada, había perdido las esperanzas, así que dije: iré a la ciudad, ganaré algo de platita, algo siempre va a haber”.

 

Y sí lo hubo. A los pocos días de su llegada, se empleó como trabajadora del hogar y niñera, cama adentro, en una casa cercana al Aeropuerto Internacional Jorge Wilstermann. Entonces conoció un mundo muy distinto al suyo.

 

“Cuidaba a dos niñas y veía cómo tenían todo, y cómo no lo valoraban. Dentro de mí nomás decía, los que no tenemos valoramos, y los que tienen no pueden valorar, ¿por qué es así la vida?, me preguntaba”.

 

También se preguntaba si sus padres estarían bien de salud, si las extenuantes jornadas en el campo no les pesaban más ahora que ya no contaban con ella.

 

“¿Cómo estará haciendo mi papá solo? Mi mamá estará pasteando solita sus ovejas, yo podría estar ahí, ayudando, eso era lo que más me preocupaba”.

 

Así transcurrieron dos años, entre trabajos esporádicos y breves visitas a su pueblo. Mientras tanto, una pregunta taladraba su mente, sobre todo cuando veía a sus compañeras, también empleadas domésticas, ir a estudiar en sus tiempos libres “¿Cuándo será mi turno?”, se cuestionaba.

 

Un día le comentó a su jefa sobre esa inquietud y la respuesta no le agradó para nada. “Me dijo: ¿para qué quieres estudiar?, vas a perder tu tiempo, yo te puedo poner en unos cursos de repostería. Y yo me preguntaba, pero ¿qué voy a hacer con repostería? Para mí esa no era la respuesta correcta, yo quería que me diga, en las noches te voy a dar permiso, puedes ir a pasar clases”.

 

El primer brote de resiliencia

 

Su fuerza habita en su corteza, una coraza de láminas que de tanto en tanto se somete a una metamorfosis para protegerlo del frío, el calor o el fuego.

 

Unas semanas después, ocurrió lo que ya sabemos: tras el llamado de atención que recibió por leer un libro sobre el cultivo de papa en horario laboral, Judith renunció a ese trabajo y se fue en busca de lo que más deseaba: estudiar. Consiguió un cuarto en anticrético y se inscribió en un colegio nocturno de la urbe de Tiquipaya. “Sus palabras me dolieron muchísimo, o sea uno no está libre de nada. Si yo no estuviera aquí, esta casa no estaría limpia. Yo me voy. Cuánto siempre estoy ganando, dije. Llegó un fin de semana, agarré algunas de mis cositas y de callado me fui”.

Estuvo sin trabajo cerca de un mes. Luego, entre idas y venidas, regresó a su pueblo y empezó a trabajar en la producción de flores y fruta —por el que ganaba entre 5 y 10 bolivianos por día— y por las noches iba a clases.

 

¿Ganan lo mismo hombres y mujeres en el campo?, le pregunto.

 

No, todavía les pagan menos. Por jornal, a un hombre le pagan entre Bs 100 y 120, y a una mujer, 20 o 30 bolivianos menos, dependiendo también de la conciencia que tengan, responde.

 

En comunidades como Thola Phujru la desigualdad entre hombres y mujeres se hace evidente, sobre todo, en las labores agrícolas. En estos territorios, las mujeres rurales obtienen entre el 60 y el 70 % del jornal que recibe un hombre, pese a que ambos realizan las mismas tareas, según el estudio Sembrando agua para cosechar vida: gestión comunitaria de cuencas en Tiquipaya (Cochabamba) elaborado por la bióloga y antropóloga Daniela Aguirre (coautora).

 

Y esta no es solo una realidad local: a escala mundial, la mano de obra femenina en el sector agroalimentario percibe en promedio cerca de un 18 % menos que la masculina, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

 

Crecer a paso lento

 

Ostenta un récord Guinness: es uno de los árboles de crecimiento más lento del mundo: apenas un centímetro por año.

 

Poco a poco, Judith fue transformándose. Un día, casi sin darse cuenta, perdió el miedo a tomar la palabra en las reuniones de su comunidad, donde casi siempre el cuidado del agua —un recurso cada vez más escaso a causa del cambio climático y el avance agrícola— ocupaba el centro de las discusiones.

 

A partir de ese momento, las cosas comenzaron a alinearse para Judith. Incursionó en espacios de decisión y su liderazgo fue en ascenso. Primero fue nombrada Secretaria de Actas de la organización de mujeres de su comunidad. Más adelante asumió la Secretaría Ejecutiva de la Subcentral 13 de Agosto y de la Central Provincial de Quillacollo, en Cochabamba, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo. Entre 2010 y 2013, ejerció como concejal del municipio de Tiquipaya. Y, en 2015, fue elegida Subalcaldesa del distrito 3, una jurisdicción que abarca cinco comunidades: La Phia, Cruzani, Thola Phujru, Totora y Linkho Pata.

Pero ninguno de esos logros llegó de inmediato; cada uno fue conquistado con paciencia y esfuerzo. Su crecimiento fue lento, debido a una cadena sucesiva de infortunios que le retrasaron, más no le impidieron, lograr  lo que más había querido desde que era una niña: estudiar.

 

Tras dos intensos años como concejal, Judith finalmente concluyó el bachillerato a los 21. Después consiguió una beca de la Federación de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa para estudiar Derecho en  la Universidad Mayor de San Simón (UMSS).

 

Sin embargo, luego de tres meses, perdió esa oportunidad debido a problemas administrativos. La unidad educativa en la que terminó la secundaria extravió sus boletines de notas y otros documentos, por lo que no pudo presentar a tiempo su título de bachiller en humanidades ante la universidad.

 

Tiempo después, durante un viaje a Chile para participar en un encuentro de saberes andinos, conoció a personas que la animaron a estudiar una carrera vinculada al cuidado de la tierra. Impulsada por ese aliento, regresó a Bolivia, rindió el examen de ingreso a Agronomía y aprobó.

Sin embargo, su paso por la universidad estuvo lleno de interrupciones. Tuvo que alejarse varias veces para trabajar y sostener a su familia, aunque nunca dejó de aprender ni de impulsar procesos comunitarios en su pueblo.

 

Años después, con el apoyo económico de la directora de Redar Perú, Sonia Salas, a quien conoció en un evento en Chile, pudo retomar sus estudios con mayor estabilidad. Se aferró entonces a la universidad, adelantó materias y, tras una investigación sobre plantas medicinales de su comunidad, presentó una monografía que obtuvo 95 puntos, lo que le permitió graduarse como técnica superior en Agronomía.

Liderazgo ambiental, el fruto mayor

 

Sus raíces avanzan en silencio, se anclan a la montaña y se extienden más allá de lo visible, sosteniendo la humedad, la tierra y la vida.

 

Cada espacio de decisión que Judith fue conquistando, desde la dirigencia comunal hasta la Subalcaldía, le permitió consolidar sus conocimientos sobre el manejo del agua y afianzar una convicción profunda en defensa del medioambiente.

 

 “Si no cuidamos el medioambiente, si no cuidamos nuestras recargas hídricas, nuestra agua, ¿de qué vamos a vivir? Ahí es donde yo digo que la tierra también tiene vida como yo. Si no la cuidamos, tampoco va a poder responder. Entonces hay que empezar a cuidarla, porque por ella vivimos”.

En esos años, uno de los aportes más importantes de Judith para la preservación del agua fue la conformación y posterior unificación de la Organización de Gestión de Cuencas (OGC) 13 de Agosto, del Distrito 3 de Tiquipaya, cuyo objetivo es reunir a las familias de la Subcentral 13 de Agosto con instituciones públicas y privadas para cuidar el agua, gestionar los recursos naturales y tomar decisiones sobre las tres microcuencas del distrito.

Más tarde, el 6 de agosto de 2016, un incendio voraz arrasó la comunidad de La Phia del distrito 3. Los pobladores lo perdieron todo: sus animales murieron carbonizados y los cultivos quedaron reducidos a cenizas.

 

Pero lejos de quebrarse, la comunidad convirtió la tragedia en un nuevo comienzo. Mujeres y hombres se organizaron para reforestar la ladera sur del Parque Nacional Tunari con kewiñas, kiswaras y otras especies nativas.

 

Primero lo hicieron a través de la Cuenca Pedagógica Khora Tiquipaya, donde Judith también participó aportando con la experiencia que había acumulado desde la infancia en el trabajo con la tierra y el agua.

Con el tiempo, la Asociación Armonía a través del Programa Tunari se sumó a ese esfuerzo comunitario y contribuyó a consolidarlo. Entre 2020 y 2025, familias enteras plantaron más de un millón de plantines de 12 especies nativas, entre ellas la kewiña, recuperando no solo el bosque, sino también el hábitat de la Monterita cochabambina, un ave endémica de la región.

 

Este proceso, además, transformó la vida comunitaria: muchas mujeres asumieron roles de liderazgo en los viveros, en los espacios de decisión y en las brigadas contra incendios. Entre ellas está Judith, quien continuó formándose junto a Armonía para enfrentar el fuego, y trabajando para la recuperación del Parque Nacional Tunari.

Es 4 de marzo de 2026 y la escena de hace 18 años es completamente distinta. Judith Gonzales López ya no teme que alguien la sorprenda leyendo en horario laboral. Hoy trabaja en una oficina luminosa como facilitadora de Gestión Comunitaria de Cuencas en la Asociación Armonía. Cuando no está allí, lleva su conocimiento a otras comunidades, como una semilla de kewiña que se expande más allá de su territorio para devolverle vida al bosque y sembrar en otras mujeres el sueño de una vida sin desigualdades.

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