REPORTAJE
COCHABAMBA, BOLIVIA (ANB / Nicole Denise Laura Vallejos).- Era una tarde de julio de 2008 y Judith Gonzales López, de 19 años, limpiaba con esmero el escritorio de sus “jefes”. La habitación estaba repleta de libros que levantaba uno a uno para quitarles el polvo. De pronto, un pequeño texto sobre el cultivo de papa atrajo su curiosidad. Al abrirlo observó unos dibujos sobre las enfermedades del tubérculo y, por unos minutos, abandonó su presente.
El tiempo no fue lo único que olvidó: también que era miércoles, el día en que los “jefes” estaban en casa. De repente, alguien entró y una voz la sacó de golpe de aquel breve momento.
“Estás
en horario de trabajo, no puedes estar leyendo. No te pago por eso”.
Judith
escuchó en silencio y no dijo nada. Cerró el libro, lo puso en su lugar y
continuó limpiando.
“Aquel
día sentí que no era libre ni siquiera de pensar”, diría años después. Esa idea
quedó rebotando en su mente durante varios días, mientras se refugiaba en un
pensamiento menos doloroso: “en algún momento tendrá que haber una oportunidad
para mí, para salir adelante”.
Pasaría
un tiempo largo antes de que Judith encontrara esa oportunidad.
Germinar
entre adversidades
En
la cordillera de Los Andes, la segunda
cadena montañosa más alta después del Himalaya, el árbol milenario de la
kewiña, de copa espesa y tronco camaleónico, crece a contracorriente de climas
extremos o terrenos difíciles. Su marca es la resistencia.
Judith,
de 37 años, nació en Lajra Cueva, una comunidad del municipio de Tiquipaya, al
norte de Cochabamba. Sin embargo, fue entre Thola Phujru y Totora, en la ladera
sur del Parque Nacional Tunari, donde pasó la mayor parte de su vida junto a
sus padres y sus cuatro hermanos, rodeada de ríos, montañas y kewiñas.
Allí,
una pequeña choza los resguardaba del frío o el calor extremo. Cocinaban con
bosta de vaca, y, como muchas familias del lugar, subsistían de lo que la
tierra podía ofrecerles. Ellos se dedicaban al cultivo de papa. Y las niñas y
los niños, que sólo podían acceder a la educación hasta quinto grado, aprendían
desde muy pequeños todo lo relacionado con las labores del campo.
De
aquellos días, lo que Judith más recuerda son las tardes en las que aferrada a
su pequeña picota acompañaba a su mamá a labrar la tierra en los sembradíos de
papa. También rememora las veces en las que su padre le enseñaba sobre los
beneficios de la kewiña mientras las plantaban juntos en las orillas de los
ríos y en las partes altas de las montañas. O sobre su profundo deseo de
estudiar, terminar la escuela, ir a la universidad y convertirse en dentista.
Sin
embargo, en su pueblo no era muy común que las niñas fueran a la escuela. La
mayoría de las familias solían destinarlas al cuidado del hogar, la crianza de
los hermanos menores y el cultivo.
Judith
tenía doce años cuando, por primera vez, se enfrentó a ese destino que parecía
reservado para las mujeres de su comunidad. Por aquel entonces, el camión
familiar, con el que comercializaban la producción de papa, había sufrido dos
graves accidentes de tránsito y las ganancias del negocio se habían ido en
gastos hospitalarios y reparaciones de la movilidad que quedó hecha jirones. El
dinero ya no alcanzaba para sostener los estudios.
Judith
no tuvo más remedio que acatar la decisión de sus padres y reemplazó las horas
escolares por el cuidado de sus hermanos menores y las tareas de la casa. Sin
embargo, por momentos, algo en ella se resistía a aceptar ese porvenir
desigual.
“Me acuerdo que mientras yo cocinaba en q´onchita
con leña, mis hermanos se ponían a jugar, y yo me salía junto con ellos, no me
importaba si estaba cociendo o no la comida”.
Los
días pasaban y en lo único en que Judith pensaba era en volver a la escuela.
Dos años después, pudo hacerlo y pese a la oposición de su mamá terminó el
quinto grado a los 15.
“Mi
mamá no quería porque yo era la única mujer, entre ocho varones de mi curso,
que había entrado a estudiar el quinto básico. A mí no me importaba si era la
única o no. La cosa era estudiar. Entonces me he lanzado al éxito y lo he
terminado”.
Pero
aquella alegría fue breve. Al poco tiempo, su madre enfermó a raíz de
complicaciones posteriores al parto de su último embarazo, y otra vez tuvo que
poner en pausa sus sueños. “Todos empezamos a trabajar porque ya no teníamos
qué comer, casi no teníamos nada. Lo único que nunca voy a olvidar es que no
nos faltaba trigo seco, haba, arveja, maíz,
papa y chuño, porque mi papá siempre sembraba y guardaba”.
En
medio de esas responsabilidades, su padre le asignó otro rol: asistir a las
asambleas de su pueblo en reemplazo de él. Para Judith, aquello no era menor.
En esos espacios, donde las decisiones se tomaban en voz alta y casi siempre
por hombres, ella apenas se atrevía a hablar.
“Al
principio tenía miedo. Sentía que no sabía nada. Iba a las reuniones y me
sentaba en un rincón; solo decía ‘presente’ y nada más. A veces, incluso, los
comunarios se molestaban. Mi mamá estaba enferma y, por esa razón, me hacían
valer a mí. A muchas mujeres no les hacían valer, a menos que estuvieran solas.
Si sus esposos les delegaban, igual no las tomaban en cuenta”.
Pero
Judith, que desde pequeña había aprendido a resistir, supo que aquello no
encajaba, que debía hacer algo para cambiar esa realidad. “Yo pensaba: esto no
puede seguir así. Las mujeres tenemos que educarnos un poquito más para ser
valoradas”.
Echar
raíces en la ciudad
Hubo
una época en la que la arrancaron de las montañas y los roquedales. Produjeron
carbón con su tronco. Entonces la tierra perdió a su aliada, la única capaz de
retener agua incluso en los bosques más secos.
Durante
esa época la escasez asfixiaba su hogar, y Judith pensó que la única vía
posible para salir de ella era irse a la ciudad. Así que alcanzó la mayoría de edad
y se fue a la capital del cemento en busca de mejores días para ella y su
familia.
“Como
había dejado de estudiar, estaba frustrada, había perdido las esperanzas, así
que dije: iré a la ciudad, ganaré algo de platita, algo siempre va a haber”.
Y
sí lo hubo. A los pocos días de su llegada, se empleó como trabajadora del
hogar y niñera, cama adentro, en una casa cercana al Aeropuerto Internacional
Jorge Wilstermann. Entonces conoció un mundo muy distinto al suyo.
“Cuidaba
a dos niñas y veía cómo tenían todo, y cómo no lo valoraban. Dentro de mí nomás
decía, los que no tenemos valoramos, y los que tienen no pueden valorar, ¿por
qué es así la vida?, me preguntaba”.
También
se preguntaba si sus padres estarían bien de salud, si las extenuantes jornadas
en el campo no les pesaban más ahora que ya no contaban con ella.
“¿Cómo
estará haciendo mi papá solo? Mi mamá estará pasteando solita sus ovejas, yo
podría estar ahí, ayudando, eso era lo que más me preocupaba”.
Así
transcurrieron dos años, entre trabajos esporádicos y breves visitas a su
pueblo. Mientras tanto, una pregunta taladraba su mente, sobre todo cuando veía
a sus compañeras, también empleadas domésticas, ir a estudiar en sus tiempos
libres “¿Cuándo será mi turno?”, se cuestionaba.
Un
día le comentó a su jefa sobre esa inquietud y la respuesta no le agradó para
nada. “Me dijo: ¿para qué quieres estudiar?, vas a perder tu tiempo, yo te
puedo poner en unos cursos de repostería. Y yo me preguntaba, pero ¿qué voy a
hacer con repostería? Para mí esa no era la respuesta correcta, yo quería que
me diga, en las noches te voy a dar permiso, puedes ir a pasar clases”.
El
primer brote de resiliencia
Su
fuerza habita en su corteza, una coraza de láminas que de tanto en tanto se
somete a una metamorfosis para protegerlo del frío, el calor o el fuego.
Unas
semanas después, ocurrió lo que ya sabemos: tras el llamado de atención que
recibió por leer un libro sobre el cultivo de papa en horario laboral, Judith
renunció a ese trabajo y se fue en busca de lo que más deseaba: estudiar.
Consiguió un cuarto en anticrético y se inscribió en un colegio nocturno de la
urbe de Tiquipaya. “Sus palabras me dolieron muchísimo, o sea uno no está libre
de nada. Si yo no estuviera aquí, esta casa no estaría limpia. Yo me voy. Cuánto
siempre estoy ganando, dije. Llegó un fin de semana, agarré algunas de mis
cositas y de callado me fui”.
Estuvo
sin trabajo cerca de un mes. Luego, entre idas y venidas, regresó a su pueblo y
empezó a trabajar en la producción de flores y fruta —por el que ganaba entre 5
y 10 bolivianos por día— y por las noches iba a clases.
¿Ganan
lo mismo hombres y mujeres en el campo?, le pregunto.
No,
todavía les pagan menos. Por jornal, a un hombre le pagan entre Bs 100 y 120, y
a una mujer, 20 o 30 bolivianos menos, dependiendo también de la conciencia que
tengan, responde.
En
comunidades como Thola Phujru la desigualdad entre hombres y mujeres se hace
evidente, sobre todo, en las labores agrícolas. En estos territorios, las
mujeres rurales obtienen entre el 60 y el 70 % del jornal que recibe un hombre,
pese a que ambos realizan las mismas tareas, según el estudio Sembrando agua
para cosechar vida: gestión comunitaria de cuencas en Tiquipaya (Cochabamba)
elaborado por la bióloga y antropóloga Daniela Aguirre (coautora).
Y
esta no es solo una realidad local: a escala mundial, la mano de obra femenina
en el sector agroalimentario percibe en promedio cerca de un 18 % menos que la
masculina, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la
Alimentación y la Agricultura (FAO).
Crecer
a paso lento
Ostenta
un récord Guinness: es uno de los árboles de crecimiento más lento del mundo:
apenas un centímetro por año.
Poco
a poco, Judith fue transformándose. Un día, casi sin darse cuenta, perdió el
miedo a tomar la palabra en las reuniones de su comunidad, donde casi siempre
el cuidado del agua —un recurso cada vez más escaso a causa del cambio
climático y el avance agrícola— ocupaba el centro de las discusiones.
A
partir de ese momento, las cosas comenzaron a alinearse para Judith. Incursionó
en espacios de decisión y su liderazgo fue en ascenso. Primero fue nombrada
Secretaria de Actas de la organización de mujeres de su comunidad. Más adelante
asumió la Secretaría Ejecutiva de la Subcentral 13 de Agosto y de la Central Provincial
de Quillacollo, en Cochabamba, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese
cargo. Entre 2010 y 2013, ejerció como concejal del municipio de Tiquipaya. Y,
en 2015, fue elegida Subalcaldesa del distrito 3, una jurisdicción que abarca
cinco comunidades: La Phia, Cruzani, Thola Phujru, Totora y Linkho Pata.
Pero
ninguno de esos logros llegó de inmediato; cada uno fue conquistado con
paciencia y esfuerzo. Su crecimiento fue lento, debido a una cadena sucesiva de
infortunios que le retrasaron, más no le impidieron, lograr lo que más había querido desde que era una
niña: estudiar.
Tras
dos intensos años como concejal, Judith finalmente concluyó el bachillerato a
los 21. Después consiguió una beca de la Federación de Mujeres Campesinas
Bartolina Sisa para estudiar Derecho en
la Universidad Mayor de San Simón (UMSS).
Sin
embargo, luego de tres meses, perdió esa oportunidad debido a problemas
administrativos. La unidad educativa en la que terminó la secundaria extravió
sus boletines de notas y otros documentos, por lo que no pudo presentar a
tiempo su título de bachiller en humanidades ante la universidad.
Tiempo
después, durante un viaje a Chile para participar en un encuentro de saberes
andinos, conoció a personas que la animaron a estudiar una carrera vinculada al
cuidado de la tierra. Impulsada por ese aliento, regresó a Bolivia, rindió el
examen de ingreso a Agronomía y aprobó.
Sin
embargo, su paso por la universidad estuvo lleno de interrupciones. Tuvo que
alejarse varias veces para trabajar y sostener a su familia, aunque nunca dejó
de aprender ni de impulsar procesos comunitarios en su pueblo.
Años
después, con el apoyo económico de la directora de Redar Perú, Sonia Salas, a
quien conoció en un evento en Chile, pudo retomar sus estudios con mayor
estabilidad. Se aferró entonces a la universidad, adelantó materias y, tras una
investigación sobre plantas medicinales de su comunidad, presentó una
monografía que obtuvo 95 puntos, lo que le permitió graduarse como técnica
superior en Agronomía.
Liderazgo
ambiental, el fruto mayor
Sus
raíces avanzan en silencio, se anclan a la montaña y se extienden más allá de
lo visible, sosteniendo la humedad, la tierra y la vida.
Cada
espacio de decisión que Judith fue conquistando, desde la dirigencia comunal
hasta la Subalcaldía, le permitió consolidar sus conocimientos sobre el manejo
del agua y afianzar una convicción profunda en defensa del medioambiente.
“Si no cuidamos el medioambiente, si no
cuidamos nuestras recargas hídricas, nuestra agua, ¿de qué vamos a vivir? Ahí
es donde yo digo que la tierra también tiene vida como yo. Si no la cuidamos,
tampoco va a poder responder. Entonces hay que empezar a cuidarla, porque por
ella vivimos”.
En
esos años, uno de los aportes más importantes de Judith para la preservación
del agua fue la conformación y posterior unificación de la Organización de
Gestión de Cuencas (OGC) 13 de Agosto, del Distrito 3 de Tiquipaya, cuyo
objetivo es reunir a las familias de la Subcentral 13 de Agosto con
instituciones públicas y privadas para cuidar el agua, gestionar los recursos
naturales y tomar decisiones sobre las tres microcuencas del distrito.
Más
tarde, el 6 de agosto de 2016, un incendio voraz arrasó la comunidad de La Phia
del distrito 3. Los pobladores lo perdieron todo: sus animales murieron
carbonizados y los cultivos quedaron reducidos a cenizas.
Pero
lejos de quebrarse, la comunidad convirtió la tragedia en un nuevo comienzo.
Mujeres y hombres se organizaron para reforestar la ladera sur del Parque
Nacional Tunari con kewiñas, kiswaras y otras especies nativas.
Primero
lo hicieron a través de la Cuenca Pedagógica Khora Tiquipaya, donde Judith
también participó aportando con la experiencia que había acumulado desde la
infancia en el trabajo con la tierra y el agua.
Con
el tiempo, la Asociación Armonía a través del Programa Tunari se sumó a ese
esfuerzo comunitario y contribuyó a consolidarlo. Entre 2020 y 2025, familias
enteras plantaron más de un millón de plantines de 12 especies nativas, entre
ellas la kewiña, recuperando no solo el bosque, sino también el hábitat de la
Monterita cochabambina, un ave endémica de la región.
Este
proceso, además, transformó la vida comunitaria: muchas mujeres asumieron roles
de liderazgo en los viveros, en los espacios de decisión y en las brigadas
contra incendios. Entre ellas está Judith, quien continuó formándose junto a
Armonía para enfrentar el fuego, y trabajando para la recuperación del Parque
Nacional Tunari.

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