HAY DAÑOS AMBIENTALES
POTOSÍ, BOLIVIA (ANB / AGENCIA DE NOTICIAS AMBIENTALES).- El Cerro Rico de Potosí, emblema de la riqueza colonial y pilar de la economía minera boliviana, atraviesa hoy su crisis más severa en cinco siglos de historia. Lo que durante décadas fue una advertencia técnica de especialistas y académicos, se ha transformado en abril de 2026 en una emergencia geológica y humanitaria de magnitud incalculable. Las comunidades locales y especialistas denuncian daños ambientales persistentes.
Reportes técnicos recientes y denuncias de diversos sectores sociales coinciden en un diagnóstico sombrío: la emblemática montaña no solo está perdiendo su icónica forma cónica, sino que se está desmoronando internamente bajo la presión de una actividad minera que no se detiene a pesar del riesgo inminente de colapso.
El
hundimiento de la cúspide y el fracaso de los paliativos
La
morfología del Cerro Rico ha sido alterada irreversiblemente. Según informes de
la Comisión Técnica de la Universidad Autónoma «Tomás Frías» (UATF) que ha
identificado al menos cuatro nuevos hundimientos de gran magnitud en la cúspide
del yacimiento.
Para
marzo de 2025, la cifra de hundimientos y deslizamientos ya superaba los 144
incidentes, afectando gravemente la estabilidad sobre la cota 4.400, una zona
teóricamente protegida por normas de preservación.
La
historia de las intervenciones técnicas es una sucesión de intentos fallidos y
millonarias inversiones que han resultado insuficientes.
En
2012, se realizó un relleno con hormigón alivianado en el hundimiento H-1 con
un costo de 16,8 millones de bolivianos; posteriormente, en 2015, se aplicó un
relleno seco por otros 6 millones de bolivianos. Sin embargo, los expertos de
la UATF señalan que estas medidas han sido meros «parches» que la propia
dinámica interna del cerro ha terminado por absorber o rechazar.
La
propuesta técnica actual, liderada por el Ing. Freddy Llanos, docente emérito
de la UATF, sugiere la necesidad urgente de un plan de estabilización,
consolidación y sostenimiento estructural desde el interior de la mina San
Luis, estimando que se requiere una inversión de Estado para evitar que la
cumbre desaparezca definitivamente.
Los
actores del deterioro: cooperativas mineras y empresa Manquiri
La
responsabilidad sobre el daño estructural se distribuye en una compleja red de
intereses. Por un lado, las Cooperativas Mineras representan el sector de mayor
presión social y política.
A
pesar de los compromisos de migración hacia nuevas áreas de trabajo fuera de
las zonas críticas de la cumbre, en los últimos 13 años no se ha registrado un
avance significativo en la reubicación de estos grupos. La intensiva
explotación manual y con explosivos en áreas prohibidas sigue siendo el
principal motor de la inestabilidad geológica.
Por
otro lado, la presencia de la Empresa Minera Manquiri, controlada desde 2021
por la canadiense Andean Precious Metals, añade una dimensión trasnacional al
conflicto.
Según
la concejal munícipe Reyna Menacho existe una profunda brecha entre los
informes de sostenibilidad y criterios ESG (Ambientales, Sociales y de
Gobernanza) que la empresa declara en mercados internacionales y la realidad en
el territorio potosino.
Las
comunidades locales y especialistas denuncian daños ambientales persistentes,
como la afectación a fuentes de agua y la generación de colas, además de
tensiones sociales por la ausencia de consultas previas y la división de
organizaciones comunitarias.
La
autoridad munícipe enfatiza que, bajo el control de capital canadiense,
persisten conflictos de gobernanza que ponen en duda la efectividad de la
«minería responsable» en una de las zonas más frágiles de Bolivia.
La
empresa minera Manquiri, con exportaciones anuales que rondan los $us 70
millones según la prensa local, se encuentra bajo escrutinio. Su operación se
basa en un contrato de arrendamiento de 2001 con la Corporación Minera de
Bolivia (Comibol), el cual originalmente solo permitía la explotación de
desmontes o «pallacos» (material suelto), prohibiendo estrictamente la
actividad extractiva en el interior de las minas.
Sin
embargo, fuentes anónimas señalan que la empresa ha desviado su método de
trabajo. «Lo único que tenía que hacer, preservando la estructura cónica, era
trabajar los desmontes, pero lo que están haciendo ahora es explotación a cielo
abierto», afirmó una fuente. Adicionalmente, se denuncia un mecanismo indirecto
para extraer roca dura: «Internamente tiene acuerdos con cooperativistas,
quienes sacan la carga del interior y les venden el mineral, es así que,
indirectamente explotan roca dura del interior de las minas», explicó la misma
fuente.
La
situación se complejizó en 2021, cuando Manquiri firmó un nuevo Contrato de
Producción Minera con Comibol, válido por 25 años (hasta 2046) en la zona El
Diablo. Según otro denunciante, este nuevo acuerdo es el que ha posibilitado la
explotación a cielo abierto, calificando este documento como «ilegal e
inconstitucional».
La
montaña que «traga vidas»: Precariedad y trabajo infantil
El
costo humano de la explotación en el Cerro Rico es devastador. Según datos
recabados por la prensa local, solo durante el año 2025 se reportaron 123
muertes de trabajadores al interior del yacimiento. Esta cifra es el resultado
directo de condiciones laborales precarias, donde la falta de implementos
básicos de seguridad industrial es la norma en gran parte de las operaciones
cooperativizadas.
Se
estima que aproximadamente 30.000 personas dependen directamente del trabajo en
el cerro. En este entorno de informalidad, la presencia de jóvenes y
adolescentes es una constante. Estos trabajadores, empujados por la necesidad
económica, se internan en galerías que datan de la época colonial, muchas de
ellas carentes de sistemas de ventilación o apuntalamiento adecuado.
La
minería en el Cerro Rico se ha convertido en un refugio de empleo precario
donde el riesgo de muerte por hundimientos, asfixia o accidentes mecánicos es
una probabilidad diaria para miles de potosinos.
El
colapso del Cerro Rico de Potosí es mucho más que un fenómeno de degradación
geológica; es una tragedia humana que se alimenta de su eslabón más frágil: la
niñez potosina. La explotación infantil en la minería se ha mimetizado con el
paisaje bajo un peligroso velo de «normalización» social y necesidad extrema.
Para miles de familias, la supervivencia se compra a costa del futuro de sus
hijos.
Según
registros de UNICEF, el 66% de los menores que trabajan en la Villa Imperial
inician su vida laboral precisamente en la minería. A menudo, son impulsados
por la orfandad o la precariedad que obliga a cambiar las aulas por túneles
estrechos y carentes de oxígeno. En este contexto, su pequeña estatura es vista
por las cooperativas como una «ventaja estratégica» para alcanzar las vetas
inaccesibles para los adultos.
Esta
maquinaria de precarización opera mediante un perverso sistema de tercerización
del riesgo. Las cooperativas mineras actúan como empleador directo e informal,
estableciendo tratos estrictamente verbales que despojan a los adolescentes de
cualquier seguro de salud o equipo de seguridad básico. Sin embargo, la cadena
de responsabilidades no termina en la bocamina.
La
Empresa Minera Manquiri, controlada por capitales canadienses, se encuentra
bajo escrutinio por su papel en este ecosistema. A pesar de sus reportes
internacionales de sostenibilidad, la empresa se beneficia de acuerdos internos
para la compra de «roca dura» extraída por cooperativistas en zonas de alto
riesgo. De esta forma, sus exportaciones millonarias quedan directamente vinculadas
con lo que organismos internacionales califican como las «peores formas de
trabajo infantil».
La
crisis se agrava ante la parálisis de un Estado que observa el desastre sin
intervenir de forma estructural. Mientras la Defensoría del Pueblo reporta
operativos donde se rescatan adolescentes destinados a trabajos forzados en las
minas, instituciones como COMIBOL y el Ministerio de Minería son señaladas por
su inacción y falta de control efectivo sobre las operaciones.
Existe
un contraste violento entre los 70 millones de dólares que Manquiri reporta en
exportaciones anuales y la realidad de jóvenes que admiten no poder dejar de
trabajar bajo ninguna circunstancia para asegurar la supervivencia de su
familia. Sin una política de Estado que priorice la protección de la infancia
sobre el lucro extractivo, el Cerro Rico seguirá devorando el futuro de Potosí
al mismo ritmo que desmorona su propia cumbre.
Riqueza
interminable
La
concejal Reyna Menacho afirma que todavía se puede hallar plata pura en el Cerro
Rico, específicamente en la cúspide que aún no ha sido explotada.
Según
Menacho, si bien por debajo de la cota 4.400 hay sulfuros que se pueden
trabajar, por encima de este límite —donde la explotación está prohibida—
existen óxidos que contienen plata, zinc y estaño.
No
obstante, la concejal denuncia que algunas empresas están extrayendo estos
minerales ilegalmente: «Lo que se está haciendo, de manera ilegal, es armar una
especie de chorreras por donde estos óxidos van cayendo a las volquetas y estas
las transportan hasta los ingenios».
La
ausencia del Estado y la parálisis institucional
La
crisis del Cerro Rico es también una crisis de fiscalización estatal. Las
instituciones llamadas a proteger este Patrimonio Mundial declarado por la
UNESCO en 1987 —como la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) y el Ministerio
de Minería— han sido señaladas por su inacción y falta de control efectivo. La
ausencia de un marco legal actualizado es evidente: el Decreto Supremo 27787,
que debería regular la preservación del cerro, es considerado obsoleto por la
Facultad de Derecho de la UATF.
Actualmente,
existe una propuesta para promulgar una Ley de Preservación que declare a la
cúspide del Cerro Rico en estado de desastre y no simplemente en emergencia.
Esta distinción jurídica es crucial para movilizar los recursos económicos y
técnicos necesarios a nivel nacional e internacional. Sin embargo, la gestión
de financiamiento ante embajadas u organismos como la UNESCO sigue estancada en
trámites burocráticos mientras la montaña sigue cediendo.
Un
colapso inminente
La
falta de atención oportuna por parte de las autoridades nacionales,
departamentales y locales ha creado el escenario perfecto para una catástrofe
mayor. El aumento de la explotación reportado en los primeros meses de 2026,
sumado al deterioro visible de la cumbre, sugiere que el tiempo para soluciones
superficiales se ha agotado.
De
no mediar una intervención estructural inmediata y una política de Estado que
priorice la seguridad de la vida y la preservación del patrimonio sobre el
lucro extractivo, el Cerro Rico de Potosí se encamina hacia un colapso que no
solo borrará un símbolo nacional, sino que multiplicará las muertes de
trabajadores mineros que, en su mayoría jóvenes, operan en un limbo de
informalidad y peligro.
El
«Sumaj Orcko» está muriendo, y con él, se entierra la posibilidad de un futuro
sostenible para la región que una vez fue el centro del mundo.

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