CIENCIA GLOBAL
LA PAZ, BOLIVIA (ANB / Información de DW Noticias).- Si ciertas teorías son correctas, el tiempo podría no fluir: todos los momentos existirían y nosotros solo recorreríamos una historia ya completa.
Todos
miramos el reloj. A veces con ansiedad, otras por rutina, pero siempre
confiando en que el tiempo fluye como un río desde el pasado hacia el futuro,
avanzando de forma implacable. O, al menos, así lo sentimos. Sin embargo, en la
física teórica y la filosofía de la física, lo que nos parece una certeza
parece no existir: ¿y si ese flujo no fuera más que una ilusión?
Durante
décadas –e incluso siglos– científicos y filósofos, desde Aristóteles hasta san
Agustín, han intentado desentrañar la verdadera naturaleza del tiempo. Lo que
han descubierto –o, más bien, aquello que aún no han logrado explicar– sugiere
que el tiempo podría no ser exactamente lo que creemos.
"El
tiempo es el elemento discordante", explica a New Scientist Nicole Yunger
Halpern, física del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología en Maryland.
"El tiempo parece más un componente de la teoría que introducimos
manualmente que una propiedad natural".
Tres
versiones del tiempo que la física no logra reconciliar
Para
los físicos, el tiempo es un problema que aparece bajo al menos tres versiones
difíciles de reconciliar entre sí. De hecho, la física moderna ofrece un
panorama desconcertante sobre su verdadera naturaleza.
Primero
está el llamado "tiempo coordinado": en muchas de las ecuaciones que
describen fenómenos físicos –desde el movimiento de una pelota de tenis hasta
la desintegración de núcleos atómicos– el tiempo aparece simplemente como un
parámetro matemático, una coordenada numérica que permite indicar en qué
momento ocurre un evento. En ese marco, el tiempo no aparece como algo que
fluya, sino como un parámetro que permite ordenar los cambios.
Luego
aparece el tiempo relativista. Albert Einstein complicó aún más el panorama al
demostrar que el "ahora" no es universal. La relatividad muestra que
dos observadores que se mueven a velocidades distintas pueden discrepar sobre
el orden de los acontecimientos. El tiempo deja entonces de ser un reloj común
para todos y pasa a formar parte del tejido del espacio-tiempo, una dimensión
más que se ve afectada por la gravedad y el movimiento.
Y
finalmente, está el tiempo termodinámico, quizá la única pista clara de que el
tiempo parece avanzar en una sola dirección. Esa flecha temporal surge de la
segunda ley de la termodinámica, según la cual la entropía, que describe el
grado de desorden de un sistema, tiende a incrementarse. Por eso un vaso que
cae al suelo se rompe en pedazos, y el humo se dispersa en el aire, pero
ninguno de los dos procesos ocurre espontáneamente en sentido contrario.
El
problema es que ninguna de estas versiones encaja del todo con nuestra
experiencia subjetiva del tiempo, ni entre ellas. Peor aún: muchas de las
ecuaciones más fundamentales funcionan igual hacia adelante que hacia atrás. No
hay, en los números, una flecha que apunte al futuro.
Para
algunos pensadores, como el filósofo Adrian Bardon, eso que sentimos como el
"fluir del tiempo" no es más que una historia que nos contamos. Según
explicó en Vice, el cerebro construye una línea temporal para dar coherencia a
la experiencia y, al igual que con el color, confundimos esa construcción con
una propiedad del mundo externo.
La
relatividad refuerza esta sospecha: eventos que son simultáneos para un
observador pueden no serlo para otro. Como señala Vice, esta teoría destruyó
"el último refugio seguro" de nuestra intuición temporal. No existe
un "ahora" universal, sino una red de acontecimientos distribuidos en
el espacio-tiempo. Pasado, presente y futuro, en cierto sentido, coexisten. En
esta visión, la distinción entre ellos no sería más que una ilusión, aunque
persistentemente convincente.
La
paradoja cuántica: el tiempo no se puede medir
Pero
la física va aún más lejos. La teoría cuántica introduce otra dificultad: en el
ámbito cuántico no existe una forma directa de medir el tiempo como sí ocurre
con otras propiedades físicas. Como explica Yunger Halpern, "puedes medir
dónde está una partícula, pero nunca cuándo está". En este marco, según la
científica, el tiempo aparece menos como una propiedad natural de los sistemas
cuánticos y más como un parámetro que introducimos manualmente para poder
describirlos.
Esta
paradoja ha llevado a algunos físicos a formular una pregunta radical: ¿y si el
tiempo no es fundamental, sino que emerge de una estructura más profunda que
aún no comprendemos?
En
1983, los físicos Don Page y William Wootters propusieron una respuesta audaz.
Imaginaron el universo como una función de onda cuántica gigante que, por sí
sola, no hace "tic-tac" ni presenta cambios: es atemporal. Sin
embargo, al dividir esta estructura en dos partes –una que describe toda la
materia observable y otra que actúa como un "reloj interno"– el
entrelazamiento cuántico entre ambas permitiría que emergiera la apariencia del
tiempo. Según esta idea, al leer el reloj, seleccionamos (o fijamos) el estado
correlacionado del resto del sistema en ese "momento". El tiempo,
entonces, surge como un efecto del entrelazamiento.
Una
analogía citada por New Scientist ayuda a visualizar esta idea: pensemos en un
manuscrito reposando sobre una mesa, donde el principio, el desarrollo y el
final ya existen al mismo tiempo. Sin embargo, para que la historia tenga
sentido, debemos leer sus páginas en orden. La numeración conecta escenas que,
en realidad, permanecen fijas. Según la propuesta de Page y Wootters, algo
semejante podría ocurrir con el universo: el cambio no estaría necesariamente
en la historia misma, sino en la forma en que la recorremos.
En
su momento, la idea resultó fascinante, pero estaba muy lejos de cualquier
verificación experimental. Durante décadas, fue poco más que un elegante
ejercicio teórico. Sin embargo, en 2024, la física Paola Verrucchi, del Consejo
Nacional de Investigación de Italia, logró construir un modelo matemático
funcional inspirado en ese mecanismo: un sistema que entrelazaba un reloj
magnético con otro sistema cuántico análogo a un resorte.
Visto
desde fuera, el conjunto permanecía estático. Pero, en relación con el reloj
interno, el resorte parecía estirarse y contraerse siguiendo secuencias
temporales. Lo más llamativo es que este comportamiento persistía incluso al
escalar el sistema, lo que sugiere que la ilusión del tiempo podría no
limitarse únicamente al mundo cuántico.
Los
agujeros negros como relojes cósmicos del universo
Otro
hallazgo sorprendente de esta línea de investigación es que medir el tiempo
genera entropía. En otras palabras, los relojes –incluso los más simples– no
solo registran el paso del tiempo: también producen calor.
Según
recoge New Scientist, Marcus Huber, de la Universidad Técnica de Viena, y
Natalia Ares, de la Universidad de Oxford, investigan qué ocurre cuando
desarmamos un reloj hasta su nivel cuántico más básico. Sus resultados
describen un intercambio: cuanto más fino y frecuente es el tic-tac (más información
temporal intenta extraerse), más entropía tiende a generarse. Incluso un reloj
casi perfecto se desestabiliza cuando se intenta extraer información de él.
Todo
esto abre una posibilidad intrigante: ¿y si la sensación de que el tiempo
avanza no dependiera de su existencia como algo fundamental, sino de nuestra
interacción con los sistemas que utilizamos para medirlo?
Volvamos
entonces al reloj del modelo Page-Wootters. Verrucchi y su colega Alessandro
Coppo han sugerido que quizá el universo ya dispone de relojes naturales: los
agujeros negros. Son sistemas extremadamente energéticos, casi aislados, ya que
nada puede escapar de su horizonte de eventos, y, como mostró Stephen Hawking,
pueden entrelazarse con el exterior a través de la radiación que emiten.
Verrucchi y Coppo plantean la hipótesis de que podrían funcionar como relojes
cósmicos; de ser así, su "tic-tac" debería dejar huellas en la
entropía de esa radiación. ¿Podrían los agujeros negros desempeñar el papel de
reloj cuántico del universo?
Para
Verrucchi, la clave podría estar en algo aún más fundamental que la entropía:
la medición. Una partícula cuántica puede estar en múltiples estados hasta que
la medimos. Ese colapso es irreversible. Una vez medimos, no hay vuelta atrás.
"La flecha del tiempo", dice a New Scientist, "podría ser
simplemente un registro de lo que ha sido medido".
Así,
no solo participamos en el tiempo. Quizás lo creamos al observar. En palabras
de Verrucchi, "creas el tiempo cuando preguntas qué hora es".
¿Vivimos
en una ilusión temporal?
Esta
perspectiva no elimina el significado de nuestra experiencia temporal. Como
señala Bardon, la experiencia es genuina; la metafísica que le atribuimos es
opcional. Tu vida sigue siendo una secuencia de elecciones y recuerdos, pero
esa secuencia vive en ti, no en un cosmos que fluye independientemente.
Si
el flujo del tiempo es, como sugiere Bardon, una especie de construcción
cognitiva, quizá eso cambie la forma en que vivimos la urgencia de los plazos,
afrontamos las pérdidas o sentimos que el tiempo nos ha arrebatado algo. Tal
vez la flecha del tiempo no nos atraviesa: somos nosotros quienes avanzamos,
construyendo recuerdos mientras atravesamos el mundo.
Los
próximos experimentos podrían aclarar si estas ideas audaces tienen un
fundamento físico sólido. Pero lo cierto es que, aunque la física dispone hoy
de herramientas capaces de explorar cuestiones antes confinadas a la filosofía,
sus grandes teorías –la relatividad, la mecánica cuántica y la termodinámica–
siguen chocando cuando intentan describir qué es realmente el tiempo. Y quizá
esa tensión sea la pista más clara de que el tiempo, tal como lo imaginamos, no
existe como una entidad única.
Tal
vez el tiempo solo sea real en distintos sentidos: como experiencia, como
aumento de entropía, como ilusión cognitiva o como efecto de cómo interpretamos
el mundo. Por ahora, el tiempo sigue ahí, al menos para nosotros, marcando cada
segundo.

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