REPORTAJE
POTOSI, (ANB / Liliana Carrillo V. / Potosí).- Basta mirar con atención a lo lejos: la cima, otrora definida en forma de cono, está hoy desportillada por enormes grietas, como una muela careada. También ha cambiado de color, a un gris sombrío que evidencia el desgaste. Después de más de 500 años de explotación minera, el cerro que enriqueció a la España colonial y dio nombre a Potosí está en riesgo de hundirse.
La
solución para detener el deterioro del macizo, declarado Patrimonio del
Humanidad, es frenar la extracción en las zonas altas y lograr que los mineros
cooperativistas que operan por encima de la cota 4.400 migren hacia otras
vetas. Pero son miles y no todos están dispuestos. “Es cuestión de
supervivencia y nadie nos da alternativas reales”, argumentan. La nueva gestión
del Ministerio de Minería enfrenta así una disyuntiva crítica: regular la
explotación de la que depende la economía potosina o asistir –pasiva y
agónicamente– al hundimiento del Cerro Rico.
Divididos
en tres turnos, al menos 30.000 mineros trabajan día y noche en las entrañas
del Cerro Rico. Son socios de las más de 30 cooperativas que arriendan cotas de
explotación a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). De ellas, al menos 14
operan aún por encima de la cota 4.400, pese a la prohibición.
“Claro
que el Cerro Rico de Potosí es patrimonio, sabemos. Aquí todos somos sus hijos;
pero ¿qué se puede hacer? Los mineros sin trabajo no viven”, dice Pedro Choque.
Tiene 39 años y desde hace 20 perfora la entraña de la montaña. “Es el pan de
cada día que llevamos a la casa y nadie quiere empezar de cero”.
Frente
a él, la bocamina se abre como un abismo oscuro. Por allí se deslizan carros
sobre rieles que entran con estruendo y salen cargados de rocas de colores
imposibles, restos del cuerpo antiguo de un macizo rico y generoso.
Sumaj
Orcko herido
Vista
en perspectiva, la minería boliviana es una epopeya que comienza y termina en
una montaña: el Sumaj Orcko (Cerro lindo). Fue apu sagrado para los pueblos
precolombinos y, durante la Colonia, dio tanta plata como vidas se llevó. En la
República se volvió símbolo y botín, primero como promesa nacional y luego como
propiedad del Estado.
Por
su valor histórico, en 1987, el Cerro Rico de Potosí fue declarado Patrimonio
Cultural e Histórico de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas
para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), título que compromete al
Estado boliviano a preservar la estructura, la silueta y el valor universal de
la montaña. Pero siglos de extracción minera ininterrumpida han dejado
cicatrices profundas. En 2014, la emblemática montaña ingresó a la lista de
Patrimonio Mundial en Peligro y allí permanece.
“El
Cerro está en un estado crítico. La cúspide prácticamente ha desaparecido; lo
que fue la Cresta de Gallipato ya no existe y la Cruz Roja se ha hundido”,
describe Reina Isabel Menacho, concejala del municipio de Potosí. “Si no se
actúa pronto, el sombrero de hierro podría colapsar irreparablemente”, advierte
el ingeniero de minas Fredy Llanos López.
Según
el Instituto Nacional de Estadística (INE), la actividad minera representa el
40% del valor total de la economía del departamento de Potosí. Si se suman las
actividades vinculadas –transporte, comercio y servicios mineros–, hasta el 70%
de la economía regional depende directamente del sector. No es un dato menor:
en 2025, Potosí aportó más del 70% de las exportaciones mineras del país. Y en
el centro de esa dependencia está el Cerro Rico.
148
grietas, dos sanciones
Hay
que ascender por un sendero de tierra y saludar a dos “serenos” antes de llegar
a la cima del Cerro Rico de Potosí. Desde lo alto, el movimiento constante de
maquinaria, vehículos sin placas y mineros parece el de un hormiguero sobre el
desierto.
En
la cúspide, aparece –fea como todas– la primera grieta que ha devorado ya un
terreno enorme, similar al de una cancha de futbol. Antes ésta era parte de la
cima cónica que hoy se ve desportillada. Si miras hacia abajo, hay un barraco
cuya base es incierta.
“El
primer hundimiento se produjo en 2010, justo en la cúspide del Cerro, conocido
como H1. Fue tan grave que llamó la atención de la UNESCO, que envió una
comisión en 2011 y recomendó rellenarlo”, explica el ingeniero Llanos,
representante de la Universidad Autónoma Tomás Frías (UATF) en la Comisión
Técnica de Preservación del Cerro Rico.
Son
terrenos que él conoce bien. Nacido en Potosí en una familia de mineros, Fredy
Llanos exploró desde muy joven el laberinto desordenado que se reconfigura,
como un ente vivo, en el Cerro. Desde hace una década, además, allí realiza
monitoreos semanales junto a estudiantes y profesionales de ingeniería,
geología y medioambiente.
El
primer intento de estabilización, realizado entre 2012 y 2014 con hormigón
aligerado, no prosperó. “Este material era más liviano, pero colapsó porque la
Comibol no controló la extracción de óxidos en la base del hundimiento. Los
cooperativistas siguieron sacando y el relleno de 12 millones de bolivianos
prácticamente desapareció”, puntualiza el ingeniero que nos guía en la
inspección a la cúspide
En
2015 se realizó un segundo intento, esta vez con relleno en seco y con un
presupuesto de 6 millones de bolivianos. Tampoco funcionó. Desde entonces, la
Comibol coloca rellenos de emergencia con residuos minero-metalúrgicos llevados
desde los ingenios.
“La
Comibol no se convence de que esos rellenos no sirven. Por el contrario,
continúan los hundimientos, ahora hay 148. Llevamos más de 15 años intentando
estabilizar el Cerro y no hemos tenido éxito. Y es que todo lo que se pone
arriba se desliza debido a que hay decenas de yacimientos que operan abajo; es
como un reloj de arena”, ejemplifica Llanos.
Por
los múltiples hundimientos en el cerro patrimonial, en 2021, el Comité Cívico
Potosinista (Comcipo) y la Universidad Autónoma Tomás Frías presentaron una
Acción Popular en contra de la Comibol, el ministerio de Minería y el entonces
ministerio de Culturas. El caso desembocó en la Sentencia Constitucional
1062/2022 del 19 de agosto de 2022, que ordena a las carteras estatales
preservar la gradiente del macizo y obliga a la Comibol a relocalizar las actividades
extractivas por encima de la cota 4.400.
Ante
la evidencia de que los trabajos en la zona vetada continúan, en noviembre
pasado, la Sala Constitucional sancionó a dos autoridades de la pasada gestión
gubernamental. El entonces ministro de Minería, Alejandro Santos, fue multado
con Bs 20.000 y la ahora exministra de Culturas, Esperanza Guevara, con Bs
50.000.
Pero
el relleno es un paliativo y las sanciones, una ilusión de justicia. Desde la
plaza 10 de Noviembre, la silueta mutilada pasa desapercibida para el visitante
distraído. Pero los potosinos saben leer sus señales: nuevas grietas, más
derrumbes, cambios en la textura de la cima. “El cerro está cansado”, dice una
vendedora de api y mira con pena la cúspide desportillada.
Un
centenar de muertes en interior mina
Reina
Isabel Menacho es concejala del municipio de Potosí desde 2021. Durante estos
años ha denunciado incansablemente los riesgos que enfrenta el Cerro Rico, la
situación precaria de los mineros y las consecuencias ambientales de las
actividades extractivas ilegales. Ello le ha valido amenazas e incluso un
proceso de su suplente en el Concejo.
“Arriba
de la cuota 4.400, dentro de la mina, se están haciendo trabajos con martillo y
dinamita. Están sacando lo que para nosotros era la franja de seguridad del
Cerro, lo que quedaba de mineral oscuro. Ahora solo se ve la basura de los
ingenios”, explica desde su oficina de la Alcaldía. “Esta práctica genera
riesgos ambientales –recalca– pues los residuos se dispersan por el viento y
contaminan pastizales y fuentes de agua cercanas a comunidades”.
A
raíz de sus inspecciones, que fueron constantes hasta agosto pasado cuando las
amenazas en su contra arreciaron, considera que los rellenos que pone la
Comibol no solo no solucionan el problema, sino que aumentan el riesgo de
colapso. “Están colocando peso adicional sobre los hundimientos, y esto no es
una intervención técnica”. A ello se suma la inacción de autoridades locales y
nacionales para que la normativa ambiental se cumpla, alerta.
“Quiero
ser clara: yo no estoy en contra de la minería, porque es el sostén de la
economía potosina, pero necesitamos que se haga de manera sostenible”, recalca
la concejala y habla desde su experiencia personal: su padre murió de silicosis
y sus hermanos trabajan en minería. Lamenta que la seguridad en las minas haya disminuido.
“Antes, los mineros aseguraban los techos con callapos que evitaban derrumbes;
hoy, la extracción es más riesgosa y los jóvenes son los más afectados. Ya
hemos tenido accidentes”.
En
2025, 102 mineros fallecieron en operaciones de cooperativas del Cerro Rico, de
acuerdo a los datos de la Comibol regional, tres eran menores de edad. La
mayoría de los decesos se produjo por derrumbes e inhalación de gases tóxicos.
“Si
morimos, morimos”, dice Sergio Quispe, minero de base, con la naturalidad de quien
vive siempre “al límite”. Hace un mes, le tocó sacar el cuerpo de un compañero
al que los gases le arrebataron la vida.
“Por eso los mineros gastan su dinero rápido: en mujeres, alcohol, en
pequeños gustos… cualquier rato nos podemos ir”.
Tiene
33 años y es licenciado en turismo. “Desde 2019 no consigo trabajo formal. Si
no subo a la mina, no como, porque de guía la pega es escasa. Así de simple”,
cuenta mientras conduce a un grupo de visitantes por los túneles oscuros.
Si
no fuera por la luz de los guardatojos, aquí todo sería penumbra, no así
silencio. El Cerro ruge con el choque de los carros sobre los rieles, el rumor
de los motores a diésel que bombean aire y, de rato en rato, los ecos de
explosiones que retumban entre la roca.
Comibol,
en el ojo de la tormenta
La
Corporación Minera de Bolivia tiene el mandato de impedir la explotación sobre
la cota 4.400 para conservar el título patrimonial del Cerro Rico sin afectar
la producción que sostiene a miles de familias, pero –de acuerdo a sus propios
datos– aún existen 14 minas que operan en esa zona sin contratos vigentes.
Mientras intenta frenar estas actividades, coloca rellenos de emergencia en los
hundimientos de la cúspide y gestiona la migración de mineros hacia otras
vetas.
“La
empresa estatal está inmersa en acciones de convencimiento permanente para la
migración, siempre con diálogo y respeto hacia los comunarios. Mientras tanto,
intervenimos la cúspide con rellenos de emergencia que tienen el aval de las
siete instituciones del departamento”, explica Iván Fuertes, gerente regional
de la estatal Comibol Potosí.
Ingeniero
de minas, Fuertes responde en su oficina: “El yacimiento es único en el mundo,
rico en plata, en cobre y en todos los minerales que uno pueda imaginar según
la tabla periódica. Hoy, por las altas cotizaciones de estos minerales,
particularmente la plata, el Cerro sigue siendo muy dinámico en sus operaciones
y allí trabajan unas 30.000 personas entre socios y obreros. Pero los derrumbes
afectan especialmente la cúspide, donde las primeras minas surgieron hace más
de 500 años”.
Informa
que, pese a sus esfuerzos, 14 minas aún operan por encima de la cota 4.400 sin
contratos vigentes. “Son ilegales, aunque históricamente se originaron con las
primeras cooperativas. La prioridad es reubicar a estos trabajadores y
garantizar que la explotación continúe de manera segura y regulada. Los mineros
están predispuestos a migrar, pero algunos comunarios no permiten el acceso a
nuevas áreas. Pedimos comprensión y diálogo para avanzar”, recalca.
Sobre
los cuestionamientos técnicos a los rellenos de emergencia, el gerente regional
admite que “no son una solución definitiva”. “Paralelamente, estamos trabajando
con expertos en geofísica y geomecánica, buscando proyectos que permitan
estabilizar la montaña desde el interior de la mina”.
Su
labor será evaluada el próximo mes de enero de 2026, cuando por determinación
del Tribunal Departamental de Justicia de Potosí se realice una inspección in
situ para verificar el resultado de las acciones de la Comibol. Para Fuertes,
no obstante, ya hay una conclusión:
“Preservar
el Cerro Rico no es solo tarea de Comibol; es responsabilidad de todos los
potosinos. Tenemos que actuar con sentido de pertenencia y conciencia histórica
para proteger este patrimonio mientras mantenemos la producción que sostiene a
tantas familias”, recalca.
Cooperativas:
“Migrar sí, pero no a ciegas”
“Hay
que recalcar que los hundimientos no solo los estamos ocasionando los mineros
sino que son consecuencia de 500 años de historia y que el Cerro Rico sigue
dando el movimiento económico a nuestro departamento y al país. Por eso pedimos
que el Estado sea parte de la preservación y apoye con recursos”, asegura Guido
Gutiérrez Isla, secretario de Minería y Medioambiente de la Federación de
Cooperativas Mineras (Fecomin) Potosí.
Ubicada
a una cuadra de la plaza 10 de Noviembre, la sede de la Fecomin es un edificio
de tres pisos del que entran y salen mineros inconfundibles por los
guardatojos. Desde su oficina, Gutiérrez reafirma la predisposición de su
sector a migrar de la cota 4.400, pero enfatiza que debe hacerse con
condiciones claras. “Estamos dispuestos a migrar, pero no a ciegas. No se puede
abandonar una veta sin tener otra con expectativas mineralógicas reales,
contratos y respaldo del Estado”.
El
dirigente recalca que la presión para dejar la cota 4.400 no vino acompañada de
soluciones concretas. Habla de convenios firmados y no cumplidos, de más de dos
décadas sin contratos administrativos menores y de propuestas de relocalización
inviables. “Nos han ofrecido áreas que no sirven para minería. Así no se puede
hablar de migración”.
Gutiérrez
reconoce la fragilidad de la cima y el riesgo de los hundimientos, pero
cuestiona que la responsabilidad recaiga solo sobre los cooperativistas. “El
Cerro fue declarado Patrimonio de la Humanidad cuando estaba en plena operación
minera. Esa contradicción hoy la pagamos nosotros, sin que el Estado asuma su
parte ni en la preservación ni en la transición”.
La
disyuntiva, para las cooperativas, sigue abierta: dejar el cerro sin
alternativas es, dicen, condenar a miles de familias. Migrar, repiten, es
posible; pero no sin un plan.
Una
luz para “sanar” al Cerro
Si
en algo coinciden todos los potosinos es en la necesidad de preservar al Cerro
Rico sin que ello sea incompatible con la actividad minera regulada. Para Edwin
Roque Careaga, experto en minería, un paso clave es ajustar la Ley para
recuperar el verdadero espíritu del cooperativismo.
“Hay
socios que funcionan como accionistas y contratan a terceros para trabajar en
las minas, sin respetar normas de seguridad ni planificación. Urge revisar la
Ley minera para que cumplan con los principios del cooperativismo: sin lucro,
con seguridad y responsabilidad social. Es hora de encauzar a las cooperativas
hacia su propósito original y darle al Cerro el futuro que merece”, resume
Careaga.
Desde
el plano técnico, el ingeniero Fredy Llanos, de la Universidad Tomás Frías,
propone una alternativa concreta: construir galerías internas en la base de los
hundimientos para sostener la cúspide y, al mismo tiempo, ofrecer zonas seguras
a los cooperativistas en niveles inferiores, donde puedan continuar trabajando
sin poner en riesgo el patrimonio. “Sería un trabajo de ingeniería desde el
corazón mismo de la montaña, acompañado de desagües para liberar el agua
acumulada en los niveles más profundos”.
El
proyecto tiene un presupuesto inicial de 24,3 millones de bolivianos ($us 3,5
millones) y apunta a preservar el símbolo histórico de Potosí mientras se
mantiene viva la actividad minera. “Si no actuamos ahora, el sombrero de hierro
colapsará y no habrá manera de reconstruirlo. Pero si logramos esta
estabilización interna, podremos asegurar siglos más de historia y trabajo”,
advierte Llanos.
La
propuesta combina técnica, patrimonio y vida cotidiana: la montaña sigue dando,
pero reclama que todos –cooperativas, Comibol, autoridades y sociedad– asuman
su parte para no perder lo que Potosí ha tardado cinco siglos en construir.
Patrimonio
“de todos”
Hace
dos semanas, una comisión del Viceministerio de Culturas, encabezada por el
viceministro Andrés Zaratti, realizó una inspección al Cerro Rico y sostuvo
reuniones con las partes involucradas en su preservación. En la ocasión,
Zaratti explicó que se requiere una “acción coordinada”, ya que el problema
conlleva dificultades socioeconómicas, controles operativos y otras propuestas,
y remarcó que se trata de “un trabajo de mediano plazo, pero sobre todo
interinstitucional”. Recalcó que el objetivo es cuidar “el Cerro, a los mineros
y su seguridad”, por lo que se planifican acciones conjuntas dentro de un “plan
maestro de manejo integral, no solo del Cerro sino también de la ciudad de
Potosí”, destacando que esta coordinación “no ha habido antes” y que la visita
demuestra una predisposición al trabajo conjunto.
Cargados
de callapos, dinamita, herramientas y coca, los mineros entran al Cerro Rico
justo cuando la noche cae y comienza el último turno de trabajo. Entre ellos,
aunque pocas, hay mujeres que han atado sus trenzas dentro del guardatojo y
cambiado las polleras por pantalones y botas, listas para enfrentar el mismo
riesgo que los hombres. Todos entran con respeto a la veta generosa que todavía
sostiene a la ciudad mientras se deteriora.
Sergio
ha dejado su rol de guía para tomar el martillo. Se despide, ajusta el
guardatojo y mira hacia la bocamina. “Abandonados estamos, ¿no? Ojalá que los
hijos de Potosí no tengan que preguntarse algún día: ‘¿Qué pasó con el Cerro
Rico?”, dice antes de internarse en el abismo oscuro.

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